martes, octubre 27, 2009

Conmigo no se juega

La Plaza de Armas era el atajo acostumbrado a la hora de almuerzo, pero hoy las palomas se inquietaron como nunca a su paso. De súbito, se oyó un ruido ensordecedor de zureos y aleteos. Las aves enloquecidamente hambrientas se lanzaron en picada contra este hombre. La policía más tarde pudo constatar que, bajo el manto de plumas sueltas, no quedó mucho de él. Sólo sus osamentas, sus prendas, la credencial del Instituto del Comportamiento y el dispositivo experimental de ultrasonido, ya desactivado, que su compañera de laboratorio había deslizado en su chaqueta aquella mañana. Ella jamás perdonó la traición.