martes, octubre 27, 2009

Conmigo no se juega

La Plaza de Armas era el atajo acostumbrado a la hora de almuerzo, pero hoy las palomas se inquietaron como nunca a su paso. De súbito, se oyó un ruido ensordecedor de zureos y aleteos. Las aves enloquecidamente hambrientas se lanzaron en picada contra este hombre. La policía más tarde pudo constatar que, bajo el manto de plumas sueltas, no quedó mucho de él. Sólo sus osamentas, sus prendas, la credencial del Instituto del Comportamiento y el dispositivo experimental de ultrasonido, ya desactivado, que su compañera de laboratorio había deslizado en su chaqueta aquella mañana. Ella jamás perdonó la traición.

No robarás

Salgo corriendo de casa al metro. Como todos, dejé las compras navideñas para última hora. En medio del sudoroso sobajeo colectivo, un pelado con cara de cogotero no se me despega. Marcación personal bajando del vagón y subiendo la escalera mecánica. Ya en la superficie, me tanteo el bolsillo trasero. Mi billetera desapareció. Alcanzo al pelado que sobresale entre la multitud. Lo enfrento: "¡Pásame la billetera, conchetumadre!". Forcejeos. Finalmente logro quitársela. Huyo al mall. Hago mis compras. Ya en la caja, saco la billetera. En el carnet, la foto del pelado. En mi casa, la billetera olvidada de un ladrón.